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Mi cita con Ana

junio 1, 2008

Hace algunas semanas ya os hablé de Ana. Ella y yo habíamos entablado una relación amistosa tras el paso del tiempo en nuestras clases de spinning. Gracias a los consejos de mis amigas he ido acercándome cada día un poco más a ella. Por fin el otro día Ana me dijo que si quedábamos para cenar algo y yo le respondí que sí. De esta forma, este viernes hemos salido a cenar los dos juntos.

Ana es muy parecida a mí en muchas cosas. Ella también es tímida y no es ninguna belleza. Le sobran algunos kilos y suele llevar gafas, igual que yo. Los dos nos reímos de los cachas del gimnasio y de las chicas que van luciendo cuerpo. Nos parecen gente frívola y un poco tonta.

Este viernes habíamos quedado, como ya dije antes. Yo no sabía qué ponerme y ni siquiera dónde llevarla. Estaba preocupado por si no iba de acuerdo para la ocasión y le pedí consejo a Raquel. Me dijo que optase por algo intermedio, unos vaqueros y una camisa, así que la hice caso.

Cuando llegué al lugar donde había quedado con Ana me sentí aliviado. Ella se había puesto una ropa muy informal e incluso me hizo sentirme ridículo por ir demasiado bien vestido. Cuando me vio me me preguntó que si iba de comunión, ¡jajaja!. Sentí un poco de vergüenza, pero no pasa nada. También me hizo sentir un poco mal porque me preguntó que dónde había aparcado mi coche. La cara que se le quedó cuando le dije que yo no tenía coche era un poema.

Después venía el dilema sobre a qué restaurante podíamos ir, así que como yo no sabía muy bien qué quería comer Ana, le pregunté qué había pensado ella para cenar. Ella me dijo que Mc Donalds, que las hamburguesas eran su comida favorita y que le chiflaban. La verdad es que me quedé un poco planchado porque yo había estado pensando en restaurantes conocidos en la zona para comer tranquilos, pero no pasa nada, Ana es una chica sencilla y eso me gusta.

Sin más preámbulo, Ana y yo nos fuimos caminando hasta la hamburguesería. A ella le costaba un poco caminar porque no está acostumbrada, enseguida estaba sofocada y sudando como en las clases de spinning. Por fin llegamos al Mc Donalds y nos sentamos a cenar. Ana disfrutó mucho de la cena, se le notaba, al contrario que yo, que no me hacen mucha gracia las hamburguesas. Prácticamente no hablamos mucho durante la cena. Ana me contó que vivía con sus padres y que había tenido un par de intentos de suicidio en los últimos años. La verdad es que sólo habló ella y yo me limité a escucharla.

Después de cenar salimos del burguer y mientras Ana se encendía un cigarrillo, me preguntó que dónde estaba mi casa. Yo le respondí que vivía con mis padres y que no podíamos ir allí. Ana hizo un gesto con los ojos mientras echaba el humo hacia el cielo y me dijo que entonces no teníamos un sitio donde ir porque ella también vivía con sus padres. La verdad es que notaba a Ana un poco decepcionada con la cita y le pregunté que dónde quería ir. Ella me respondió que podíamos ir al parque del al lado a sentarnos un rato, así que fuimos para allá.

Llegamos al parque y nos sentamos en un oscuro banco apartado de las pandillas de chicos que andaban por allí. Ana seguía fumando sin parar encendiendo cigarrillos uno tras otro. Con toda naturalidad, mientras estaba fumando, deslizó su mano por mi pierna hasta llegar a la zona de la ingle. Me miraba de forma lasciva y parecía que esperaba algo que yo no sabía muy bien. Yo estaba asustado y ella se lanzó a por mi boca, metiéndome la lengua hasta adentro. Pasó de tener su mano en mi pierna a ponérmela directamente en el paquete. Tiró su cigarrillo e intentó desabrocharme los vaqueros para continuar con sus caricias por debajo de mi pantalón. Yo estaba un poco paralizado y sin saber qué hacer, así que Ana me cogió la mano izquierda y me la metió por debajo de su camiseta para que le acariciase las tetas. La verdad es que los nervios de la situación me podían, aquello no era lo que yo me esperaba de la cita.

De repente Ana paró y me sacó la mano de debajo de su camiseta. Me miró a los ojos y me dijo: “ ¿Qué coño te pasa?. Me quedé con cara de bobo y no supe que decir. Ana al ver que no decía nada reaccionó levantándose del banco y mientras se encendía otro cigarrillo me dijo:

– ¿Qué pasa, que no te pongo cachondo?. Sí ya me imaginaba yo que eras maricón. ¿Sabes lo que te digo? ¡Que ahí te quedas!, que yo me voy a mi casa.

Me dejó con cara de tonto y con los pantalones desabrochados en medio del parque mientras los chicos de alrededor nos miraban por las voces que estaba dando Ana. Ella se dio la vuelta y se fue de allí. Yo me quedé sentado sin saber qué hacer mientras Ana se alejaba del parque. La mezcla de vergüenza y de desilusión era muy grande y me puse a llorar mientras volvía la parada de autobús para irme a mi casa.

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